CAPÍTULO 9: LA MENTIRA MÁS GRANDE

El video duró apenas dieciocho segundos. Dieciocho segundos que fueron suficientes para derribar de golpe cada versión, cada explicación, cada mentira que durante siete años habían cuidado como un tesoro tres familias enteras. La lluvia caía con fuerza, los faros de los autos cortaban la oscuridad en haces blancos y amarillos, y con total claridad, sin lugar a dudas ni interpretaciones, se veía cómo el vehículo donde iban Camila y Alejandro maniobró de forma brusca, calculada y deliberada para cerrar el paso al coche que venía por la derecha, el de Adrián Vásquez. No hubo despiste. No hubo exceso de velocidad que lo provocara. Fue intencional. Fue a propósito. Fue un ataque directo.

Dante estaba de pie detrás de mí, con las manos apoyadas con fuerza en el respaldo de mi silla, y sentí cómo todo su cuerpo se puso rígido como una estatua de piedra fría desde el primer fotograma. No hizo ningún ruido. No gritó. No maldijo. Ese silencio fue mil veces más aterrador que cualquier estallido de rabia. Cuando la reproducción terminó y la pantalla volvió a quedarse negra, pasaron largos segundos en los que solo se oía nuestra respiración entrecortada en la oficina en silencio. Él dio un paso atrás, se pasó una mano temblorosa por el cabello negro y se giró de espaldas hacia el ventanal, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos como la nieve.

—Siete años —murmuró por fin, y su voz sonó tan rota, tan cargada de dolor contenido que me partió el alma en dos—. Siete años cargando con la idea de que mi hermano murió por un error, por una noche de irresponsabilidad y alcohol. Siete años odiando a Alejandro por haberlo matado sin querer. Y todo este tiempo… fue ella. Lo mató ella a conciencia.

—Y lo peor —dije despacio, con la voz todavía temblorosa por la impresión, mientras pasaba el cursor una vez más sobre el archivo—, es que usó ese mismo crimen que ella cometió, para culparlo a él, para atarlo de pies y manos, para chantajearlo durante años y para destruir todo lo que tocaba. Alejandro creyó de verdad que fue su culpa. Cree que fue por haber bebido, por haber ido rápido. Ni siquiera sabe que ella movió el volante a propósito.

Dante se giró de golpe. Tenía los ojos oscuros brillantes de humedad contenida, la cicatriz blanca de la mandíbula marcada con fuerza extrema, y en la mirada una determinación de acero templado al rojo vivo que no había visto hasta ese momento. Ya no había duda, ya no había medias tintas. Esto había dejado de ser solo una guerra por una traición amorosa, por dinero o por poder. Ahora era justicia por un asesinato.

—Quién sea que nos envió esto —dijo acercándose de nuevo a la mesa, señalando la pantalla—, sabe demasiado. No es Camila, jamás se delataría a sí misma. No es Alejandro, porque si supiera la verdad, no habría aguantado ni un día más a su lado. Hay alguien más. Alguien que ha estado observando todo este tiempo igual que yo, y que ahora ha decidido empezar a sacar las piezas una por una.

Revisamos una y otra vez el correo, las cabeceras, la ruta, las huellas digitales, pero estaba todo limpio, borrado, imposible de rastrear. Quien lo hizo sabía exactamente lo que hacía. Mientras tanto, a veinte kilómetros de distancia, en la habitación principal de la mansión Ruiz, la noche se estaba volviendo mucho más peligrosa de lo que nadie imaginaba. Camila caminaba de un lado a otro frente a la gran chimenea, con el celular apretado contra la oreja y la expresión del rostro ya ni siquiera era fría: era directamente malvada.

—No me importa cómo lo hagas —decía en voz baja y cortante a quien estuviera al otro lado de la línea—. Quiero saber con quién se reúne, qué dicen, qué papeles tocan. Si han recibido algo, cualquier cosa. No puede haber nada que yo no sepa. Nada. Se me está escapando todo de las manos y no lo voy a permitir.

Colgó de golpe y lanzó el aparato contra el sofá de cuero. Alejandro estaba parado en el marco de la puerta, en silencio, y no supo cuánto tiempo llevaba allí escuchando. Al girarse ella no se inmutó, no fingió, no sonrió esa falsedad dulce que usaba con todos. Simplemente lo miró de arriba abajo con desprecio puro.

—Cuánto tiempo llevas ahí parado como una estatua —dijo secamente.

—Suficiente —respondió él, y por primera vez en cuatro años su voz no sonó débil ni atemorizada, sino grave, lenta y cargada de una tristeza infinita—. Suficiente para entender que nada de lo que hemos vivido ha sido real. Nada. Solo cadenas, mentiras y miedo. Me casé contigo porque amenazaste con mandarme a mí y a mi padre a la cárcel. Me quedé callado por culpa, por miedo, por creer realmente que yo era el monstruo de esta historia. Pero hoy me di cuenta de algo, Camila. Tú no eres solo mala. Eres capaz de cualquier cosa. Absolutamente cualquier cosa.

Ella soltó una risa aguda, vacía, helada, y dio un paso lento hacia él, acercándose tanto que casi se tocaban.

—Y ¿qué vas a hacer al respecto, precioso? —susurró veneno en cada palabra—. ¿Vas a ir a contarle todo a tu novia abandonada? ¿Vas a ir de rodillas a pedirle perdón otra vez? Recuerda muy bien quién tiene el papel. Recuerda quién manda aquí. Mientras yo lo tenga, tú haces lo que yo digo. O todo se acaba.

—Tienes razón —respondió él muy tranquilo, y por primera vez le devolvió la mirada sin bajar la suya ni un instante—. Tienes el papel. Tienes el poder que tú misma te inventaste. Pero te equivocas en una cosa muy grande: ya no tengo nada que perder.

Dio media vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás, dejándola a ella sola con la rabia comiéndola viva por dentro, apretando los dientes con tanta fuerza que casi se le rompían. Sacó de nuevo el teléfono, marcó otro número y esta vez habló aún más bajito, más peligroso:

—Cambio de planes. Hay que acelerar todo. Si él quiere jugar sucio, que aprenda con quién se metió. Que entienda de una maldita vez lo que pasa cuando alguien me desobedece.

De regreso en la oficina, Dante y yo ya habíamos trazado la nueva ruta. Ya no íbamos despacio, ya no esperábamos a que ella diera un paso para responder. Ahora íbamos al ataque directo. Organizamos todo: peritos, abogados, testigos que habíamos localizado, cada prueba que habíamos ido reuniendo en cuatro años, y ahora sumábamos esta pieza maestra que nos acababa de llegar anónimamente. Estábamos tan cerca el uno del otro revisando documentos sobre la mesa, que nuestras manos se rozaron por casualidad al alcanzar el mismo papel al mismo tiempo.

El contacto fue breve, un roce de piel contra piel, pero fue suficiente para que una corriente eléctrica caliente recorriera todo mi cuerpo de golpe, desde la punta de los dedos hasta la base del cuello. Levanté la vista y la suya ya me estaba buscando, clavada en mis ojos, profunda, oscura, llena de todo lo que aún no nos atrevíamos a decir en voz alta. Se inclinó muy poquito a poco hacia adelante, el aire entre nosotros se volvió denso, tibio, cargado de deseo contenido, y pude sentir el calor de su aliento rozándome suavemente los labios. Sus ojos bajaron lento hasta mi boca y se quedaron ahí, y yo cerré los párpados medio milímetro, sin poder, sin querer resistirme ya a nada…

El teléfono fijo de la mesa sonó de golpe, fuerte y estridente, rompiendo el momento en mil pedazos. Contestó Rodrigo, que aún trabajaba en la sala de al lado, y al instante entró corriendo pálido como la pared, sin aliento, con el auricular todavía en la mano.

—Valeria… Dante… acaban de llamar desde la policía y del hospital general. Alejandro Ruiz sufrió un accidente automovilístico grave hace veinte minutos. Iba solo por la carretera de la montaña, el coche se salió y cayó por el terraplén. Lo acaban de ingresar en cuidados intensivos. Dicen… dicen que no saben si va a sobrevivir la noche.

Nos quedamos los dos paralizados, mudos, helados. Miré a Dante y vi pasar por su rostro la sorpresa, la confusión, y de golpe una certeza terrible que se instaló en los dos al mismo segundo, sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra.

Eso que le había pasado a Alejandro… no había sido ningún accidente.

Y Camila Torres acababa de demostrar con hechos, que ya no había límites de ningún tipo para lo que era capaz de hacer.

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